La noviolencia como filosofía y acción política (I)

25 S Manifestaciones alrededor del Congreso de Madrid. Foto: Betsabe Donoso para Pressenza

Carlos Vaquero (Intervención del autor en  las IX Jornadas de Pensamiento Crítico, celebradas en la Universidad Carlos III  de Leganés, en diciembre de 2011)/ Para una determinada generación de activistas sociales, entre los que me encuentro, la violencia revolucionaria como medio para conseguir determinados fines políticos tuvo un cierto aire romántico. Creíamos que la violencia era el medio más efectivo para la transformación social. Fuimos influidos de manera significativa por los sucesos ocurridos en América Latina desde el golpe de Estado en Chile en 1973; por los enfrentamientos armados en Centroamérica y, en especial, por la revolución nicaragüense de 1979; por las actuaciones de diversos grupos guerrilleros que se sucedieron en esa parte del continente americano contra los Gobiernos dictatoriales que proliferaron en la zona (Fuente: Pensamiento Crítico).

Esta visión de la violencia iba unida a una concepción positiva del héroe revolucionario, del “hombre nuevo”, en la terminología de aquel que se convirtió en un mito para toda una generación: el Che Guevara. La virtud del héroe estaba ligada al recurso a la violencia para llevar a cabo sus hazañas y la unía a valores como el coraje, la virilidad, la audacia, el sacrificio, la nobleza, el honor, la justicia y la libertad.

Hay que tener en cuenta, además, que en esos intentos de transformación sociopolítica las fuerzas insurgentes daban por sentado que la violencia era el medio más eficaz para conseguir determinados fines (y bienes) colectivos. La violencia revolucionaria era una técnica necesaria porque era eficaz para conseguir sus propósitos. En la concepción leninista de la toma del poder se llegaba a afirmar que no había “razones morales” para rechazar los métodos violentos en la lucha de clases, siendo la violencia consustancial a esa lucha, ya que la destrucción del Estado burgués implica guerra civil. Desde esta perspectiva, desde la necesidad estratégica de la lucha armada, la preparación de las condiciones de ese enfrentamiento era una tarea prioritaria.

La violencia, en palabras de Jean-Marie Muller, «no era más que el precio que había que pagar para adquirir esa felicidad». Y ese optimismo en su papel positivo ha «llevado a infravalorar la esencia de la violencia que la hace consustancial al mal. La ha considerado deliberadamente un mero medio técnico que no afecta a la moral y sólo debía ser juzgado en función de sus resultados, que eran siempre diferidos hasta un futuro lejano e hipotético. Hoy sabemos que esos resultados se cifran en millones de muertos. Así es como el siglo XX ha quedado marcado por el absoluto de la violencia» (1).

En uno de sus últimos artículos publicados antes de su prematura muerte, Luis de Sebastián planteó la necesidad de realizar un balance de lo que ha supuesto la lucha armada en América Latina (2). Partiendo de la realidad que más conocía por haberla vivido directamente en los momentos más crudos del enfrentamiento entre la guerrilla del FMLN y el Gobierno en El Salvador, se preguntaba en ese artículo: «¿Han merecido la pena los 100.000 muertos por la represión y la guerra para lograr lo que se ha logrado?»; y se respondía: «Yo estoy persuadido de que con una movilización popular pacífica y perseverante se hubiera llegado más lejos de donde se ha llegado con 11 años de guerra civil». Concluía su balance ampliándolo a toda América Latina: en todos los países «la lucha armada generó muchos miles de víctimas sin haber conseguido objetivos proporcionados al costo humano que implicó».

Hoy podemos afirmar que existe un importante consenso social que descarta la violencia directa como medio legítimo para conseguir nuestros objetivos personales. Consideramos que no todos los medios valen para convivir en sociedad y desarrollar las relaciones interpersonales cercanas. Sin embargo, en la acción política todavía sigue siendo justificada la violencia en determinadas circunstancias: como derecho de resistencia –por ejemplo, contra un poder desmedido–; como violencia defensiva, de respuesta, frente a una agresión; como extrema ratio (no queda más remedio); como eficaz para acabar con una violencia peor; o como mal menor que posibilita la reducción del mal.

Aquí no se discute la legitimidad del derecho a la resistencia, o la necesaria respuesta a una agresión, sino el dar por hecho que la violencia es el modo más eficaz de hacerlo. Teniendo en cuenta, como luego veremos, que no es fácil definir cuáles son los criterios y los límites temporales que deben marcar el concepto “eficaz”.

Es evidente que no es lo mismo considerar que la violencia es un mal, pero que en determinados momentos es necesaria para acabar con otro mal mayor, que creer que es un medio técnico para conseguir nuestros fines y que no acarrea ningún problema moral ni tiene consecuencias para los bienes que pretendemos conseguir.

La violencia como mal menor surge como desgaste de la concepción técnica de la violencia, e implica una visión realista de los efectos negativos que toda violencia conlleva en las personas que la ejercen, que la sufren y sobre los fines que se quiere conseguir con su utilización. Es un mal, se viene a decir, somos conscientes de ello, hay que controlarlo, tener conciencia de sus efectos, pero evita males mayores, y cuando hay dos males en juego hay que escoger aquel que evite el mal mayor:

«La violencia se justificaría en vista a acabar con otra violencia peor. Es el argumento que más prestigia a la violencia y que más pone en la cuerda floja a la noviolencia. Porque casi todos están dispuestos a reconocer a ésta su coherencia moral. Pero ¿de qué sirve esa coherencia si no sirve para el bien? La violencia, en cambio, estaría justificada por su “probada” eficacia para acabar con una violencia peor. Esto es, no se trataría tanto de decir que en ciertas circunstancias el fin justifica los medios, que también, cuanto de aplicar el razonamiento del mal menor, del minus malum de los escolásticos: el mal por sí mismo nunca es justificable, pero cuando se plantea el dilema de elegir entre el mal de mi iniciativa de violencia y el mal de la violencia existente a la que suprimiría, debe elegir el mal menor, no como mal, sino como reducción del mal» (3).

En la historia de la noviolencia este dilema ha estado muy presente. Así sucedió, por ejemplo, cuando la Internacional de Resistentes a la Guerra tuvo que adoptar una postura ante la Guerra Civil española; o más reciente, en la intervención militar extranjera en Libia.

El mismo Gandhi recogía este dilema cuando afirmaba que «si no se posee la capacidad de defenderse de manera no violenta, es necesario recurrir, sin ningún género de duda, a los medios violentos» (4). También Jean-Marie Muller se refiere a la difícil situación que se crea en aquellos que impulsan la noviolencia en situaciones de violencia frente a la injusticia, y sostiene que si «frente a la injusticia no hubiera más alternativa que la resistencia violenta o la colaboración resignada, entonces lo mejor sería escoger la violencia» (5).

En esta objeción está el paso necesario de la opción por la noviolencia como voluntad, como coherencia ética, como creencia cada vez más firmemente asentada de que el futuro se vería contaminado por los medios utilizados en conseguirlo, a una concepción basada en la inteligencia, que intente fundamentar la noviolencia como una opción viable y eficaz para acabar con la injusticia.

Y esto teniendo en cuenta que no puede existir una “noviolencia absoluta” y que la realidad nos plantea dilemas de muy difícil resolución y nos enfrenta a ellos. Gandhi era consciente de esto cuando afirmaba que «nunca tendremos suficiente fuerza como para ser totalmente no violentos de pensamiento, palabra y obra. Pero debemos hacer que la no-violencia sea nuestro objetivo, y avanzar constantemente hacia ella» (6).

¿Qué es la noviolencia?

Aunque las definiciones de no violencia son múltiples, creo que se puede llegar a un acuerdo básico si nos remitimos al significado original que le dio Gandhi cuando, hacia 1920, tradujo al inglés el término sánscrito ahimsa como no-violencia. Ahimsa está compuesto del prefijo negativo a– y del sustantivo himsa, que significa el deseo de hacer daño o violencia. Haríamos referencia, por lo tanto, a ausencia de violencia, siendo ésta una definición en negativo y marcada por la presencia determinante del término violencia.

A partir de aquí, la variedad de concepciones empieza a ser importante. Sin ir muy lejos, por ejemplo, habría que ponerse de acuerdo en qué es violencia (y, por lo tanto, qué es la ausencia de violencia), aspecto este que no es fácil y que está influyendo en las definiciones que se hacen en positivo de la noviolencia.

No existe, pues, una única forma de entender la noviolencia. Los movimientos que se reclaman de ella son variados y las personas que participan en las acciones y luchas noviolentas lo suelen hacer desde fundamentaciones, motivaciones y estrategias diversas.

No obstante, si tuviéramos que situar un punto para la confluencia de esa diversidad, sería el impulso de la acción noviolenta, entendiéndola a partir de dos de sus características principales:

  • Que es un tipo de acción que evita la violencia física (descarta palizas, encarcelamientos, torturas, asesinatos…).
  • Que es un método eficaz para generar cambios y hacer frente a los conflictos (7).

Tras este acuerdo genérico se esconden, a su vez, variadas formas de entender la acción y el movimiento noviolentos. Diversidad que conlleva cosmovisiones, ideologías, tradiciones sociopolíticas, creencias, radicalidades y distintos análisis de la realidad, que se combinan para dar respuesta a tres cuestiones centrales: cómo te sitúas ante las dos tradiciones en que se suele dividir la noviolencia (ver recuadro 1); cómo articulas entre sí y qué importancia das a cada uno de estos niveles: el personal, el interpersonal y el sociopolítico; y que profundidad y tipo de cambio propugnas e impulsas con tus acciones.

Así, por ejemplo, hay corrientes que consideran el cambio personal como previo a cualquier otro cambio, y se centran en él; otras han intentado elaborar una alternativa política ligada a su manera de entender la noviolencia: «La Noviolencia como cosmovisión, nos urge a buscar teórica y prácticamente alternativas coherentes entre sí en todos los ámbitos de la vida», ya que el objetivo es el cambio del conjunto de la sociedad. «Desde la no violencia nos situamos ante una nueva racionalidad que nos permite no sólo afrontar políticamente con coherencia un cambio de sociedad, sino también vivir cotidianamente y con sentido nuestra propia vida» (Movimiento No violento de Madrid); y, también, están aquellas que la utilizan porque es la manera más efectiva de conseguir unos objetivos en un contexto determinado, y la consideran una técnica de acción sociopolítica para aplicar poder en una situación de conflicto sin utilizar la violencia (Gene Sharp).

Esta diversidad hace que la convivencia entre las diversas corrientes y personas que se reclaman de la noviolencia no tenga que ser necesariamente fluida.

La eficacia de la acción noviolenta

La eficacia tiene que ver, en primer lugar, con la fuerza y el poder para actuar. Desde este punto de vista, la acción noviolenta es una demostración de fuerza:

«Por sí mismos, el amor y la verdad son impotentes, y se trata precisamente de darles medios de fuerza para que la justicia pueda prevalecer. Una acción no-violenta no es una demostración de amor, sino una demostración de fuerza. La acción no-violenta no es la expresión directa del amor, es la búsqueda de métodos y técnicas de lucha compatibles con el amor, compatibles con el respeto a la verdad» (8).

En segundo lugar, un medio es eficaz cuando tiene la capacidad para lograr el efecto que se desea o espera. Estamos ante un rendimiento cuantificable. Pero ¿cómo lo medimos? Comparando los objetivos anunciados por el grupo o movimiento que inicia una acción con los resultados políticos obtenidos. No obstante, en los análisis de la eficacia a veces se dejan fuera aspectos que es necesario medir. Estos tienen que ver con los costes (análisis de costes y beneficios). Así, en el balance del rendimiento de la violencia no se suelen incluir algunos factores que hay que tener en cuenta y que suelen dejar una huella negativa perdurable, frente a las posibles ventajas temporales. Entre los efectos negativos podemos destacar: las pérdidas humanas que genera; las víctimas, con su secuela de dolor y sufrimiento, tanto de combatientes como de población civil; las represalias; el círculo de la violencia, del que es difícil salir, con la espiral de miedos mutuos que genera; la degradación moral; las heridas psicológicas: el rechazo, la humillación; los traumas, el odio y la venganza; la cultura autoritaria de que los fines los justifican todo; y la consolidación de una concepción del poder negativo y destructivo… (ver recuadro 2).

Cuando comparamos la eficacia de los métodos violentos y los noviolentos, hay que tener en cuentan que los primeros tienen una amplia experiencia de aplicación, con desarrollos de técnicas muy sofisticadas, con una planificación y entrenamiento importante. Un ejército se prepara. Un grupo guerrillero no efectuará su acción sin una preparación previa. De esta manera, muchas de las movilizaciones sociales empiezan de una forma noviolenta espontánea, improvisada, sin planificación ni organización, y ante la respuesta de los oponentes, muchas veces violenta, se recurre al recurso fácil de la venganza mediante la violencia: nos han machacado, hay que responder de otro modo.

Pero además, en la tradición pragmática de Gene Sharp, se piensa que los métodos de acción noviolentos producen un rendimiento mayor para la consecución de objetivos que los violentos. Chenoweth y Stephan (9), en su investigación sobre la eficacia estratégica de las campañas violentas y noviolentas en conflictos entre actores gubernamentales y no gubernamentales, en el período entre 1900 y 2006, afirman que el 53% de las grandes campañas no violentas han tenido éxito frente al 26% de las campañas de resistencia violenta. Y esto es así por dos razones:

  1. «El compromiso de una campaña con métodos no violentos refuerza su legitimidad nacional e internacional y promueve una participación más amplia en la resistencia, lo que se traduce en una mayor presión sobre el objetivo. Es decir, aumenta o genera mayor apoyo interno y externo».
  2. «A pesar de que los Gobiernos pueden justificar fácilmente las respuestas violentas contra insurgentes armados, es más probable que la violencia estatal contra los movimientos no violentos genere reacciones negativas contra el régimen».

Además, las campañas violentas, continúan afirmando, tienden a polarizar la situación, creando autoafirmaciones ligadas al miedo, a las amenazas a la vida, que supone la violencia física. Los adversarios infieren intenciones, motivos, fines, actitudes en la conducta del oponente y deciden actuar en base a estas inferencias. Cuando la violencia física, la muerte, es la base de la posible actuación generan reacciones de lucha ante esa amenaza (o de huida cuando la situación se valora como pérdida). En estas circunstancias las deserciones del régimen son menores: «Internamente es más fácil que los integrantes de un régimen –incluidos los funcionarios públicos, las fuerzas de seguridad y los funcionarios del poder judicial– transfieran su lealtad a favor de los grupos de oposición no violenta que a favor de grupos de oposición violenta» (10).

Brian Martin ha resumido los puntos fuertes que se suelen considerar de la acción noviolenta:

  • Utiliza métodos que son compatibles con las metas.
  • Permite la máxima participación en la lucha social.
  • Favorece la atracción de los oponentes y de terceros.
  • Conduce a un cambio más duradero porque moviliza a la población de una manera participativa.
  • Conduce, por lo general, a menos víctimas.

Y los puntos débiles:

  • La disciplina noviolenta es más difícil de sostener.
  • Movilizar el apoyo a la acción noviolenta puede ser difícil.
  • La dificultad de cambiar una cultura que ha asumido que la mayor capacidad de infligir violencia es fundamental para ganar una lucha.

Los dos argumentos que a mi modo de ver tiene más peso contra la acción noviolenta, en los que es necesario desarrollar más investigación y experimentación y a los que haré referencia en la segunda parte del artículo, son:

  • Que no funcionan en contra de una represión severa: invasores despiadados que matan gente al menor indicio de resistencia; programas de exterminio total; cómo resistir a dictaduras como las de Hitler y Stalin.
  • La dificultad de resolver la cuestión de la ira, el odio y la venganza, presente en las acciones de la gente ante la injusticia y que están en la base de la violencia.

_______________

(1) Jean-Marie Muller, El coraje de la no-violencia, Santander, Sal Terrae, 2004, p.16.

(2) Luis de Sebastián, “La lucha armada en América latina”, El País, 25/05/2009.

(3) Xabier Etxebarría, La noviolencia en el ámbito educativo, Cuadernos Bakeaz nº 37, págs. 3 y 4.

(4) Thomas Merton, Gandhi y la no-violencia. (Selección de textos de Non-Violence in Peace and War, de Mohandas K. Gandhi), Madrid, Oniro, 2010, p. 82.

(5) “Manifiesto para una Alternativa No violenta”, en Jean-Marie Muller, Significado de la no-violencia, Madrid, Colectivo para una Alternativa No violenta, 1983, p. 45. «Puede darse, sin embargo, que me encuentre en una situación en la cual no pueda hacer otra cosa que portarme violentamente con respecto a otro, aun llegar a matarlo. Pero debemos atenernos a un principio esencial: la legitimidad no surge de la necesidad. Aun en situaciones donde parece necesaria, la violencia no se convierte en legítima. Justificar la violencia bajo la cobertura de la necesidad es transformarla en necesaria. Es justificar, por anticipado, las violencias futuras y encerrar el porvenir en la necesidad de la violencia. En el mismo momento en que me encuentro obligado por la necesidad a recurrir a la violencia es cuando debo, más que nunca, recordar que es la exigencia de la no-violencia la que fundamenta mi humanidad. Y debo esforzarme de manera que la siguiente ocasión en que me encuentre en una situación similar esté en capacidad de escapar a la necesidad de la violencia».

(6) Thomas Merton, Gandhi y la no-violencia… p. 59.

(7) «Acción noviolenta es un término genérico que abarca docenas de métodos específicos de protesta, no cooperación e intervención. En todos los casos los activistas no violentos se enfrentan al conflicto haciendo –o rehusando hacer– ciertas cosas sin usar la violencia física. Como técnica, por lo tanto, la acción noviolenta no es pasiva. No es inacción, Es acción noviolenta» (López Martínez 2001: 195).

(8) Jean-Marie Muller, Significado de la no-violencia, Madrid, CAN, 1983, p. 16.

(9) Maria J. Stephan y Erica Chenowet, “Por qué la resistencia civil funciona. La lógica estratégica del conflicto noviolento”, Internacional Security, vol. 33, nº 1 (verano de 2008), págs. 7-44.

(10) «La acción noviolenta tiende a producir resultados más duraderos. Se dice que no queda odios, ni ganas de venganza, ni “cuentas que cobrar”. Hay mejores ánimos y menos mala voluntad, menos resentimiento, menos inclinación a la violencia futuras. El poder queda repartido más equitativamente» (Gene Sharp, La Lucha política no violenta. Criterios y métodos, Santiago de Chile, Ediciones Chile América CESOC, 1988, p.109).

Apéndice 1

Las dos tradiciones de la noviolencia

La de principios, también denominada holística, ética, ideológica, abarca el plano personal, las relaciones interpersonales y las sociopolíticas, y hay que entenderla como filosofía, como forma de vida. Se basa en razones éticas: se considera mal herir o matar a otros. Algunos autores que se suelen incluir dentro de esta manera de entender la noviolencia son: Gandhi, Luther King, Aldo Capitini, Guiliano Pontara, Danilo Dolci, Lanza de Vasto, Gonzalo Arias.

La pragmática se centra en los métodos y en la dinámica de la acción noviolenta; es decir, no pretende tener implicaciones para un estilo de vida personal global o para el cómo debería vivir la gente. Está orientada a lograr resultados sin necesidad de un compromiso con un sistema de valores en particular. La podemos entender como distintas técnicas de lucha, más eficaces que la violencia, para favorecer cambios sociales. Se incluye dentro de este grupo a Gene Sharp, Michael Randle, Anders Boserup, Peter Ackerman, Christopher Krueger, Theodor Ebert…

Apéndice 2

La violencia como medio eficaz: una crítica

Cuatro argumentos contra el empleo de la violencia:

1. «Combatir en el terreno de la violencia significa dar ventaja a quien posee mayor capacidad para ejercer la violencia o, lo que es lo mismo, a quien tiene más recursos económicos».

2. Dificulta el apoyo y el respaldo de la opinión pública nacional e internacional.

3. «La contraviolencia suele tener las peores consecuencias para la población más desfavorecida». Además contribuye a la visión del adversario como alguien cuya vida no tiene valor, lo que tendrá serias consecuencias para una eventual y necesaria reconciliación posbélica».

4. «El empleo de la violencia hipoteca el futuro de aquellas sociedades que la utilizan y asienta las bases de una violencia cultural. Una solución impuesta con violencia no suele ser una solución permanente, y aquellos que perdieron privilegios podrán rearmarse y convertirse a su vez en contraviolencia, a partir del precedente que legitimó su salida del poder, perpetuando un ciclo de violencia tan conocido como perverso. Como dice Jean-Marie Muller, por definición, la causa justa es la nuestra, del mismo modo que la injusta es la del adversario. Si el fin justifica los medios, la violencia, en cualquiera de sus formas, podrá ser utilizada por cualquiera de las partes».

Fuente: Pere Ortega y Alejandro Pozo, No violencia y transformación social, Barcelona, Icaria, 2005, págs. 37-38.

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