La fiesta Indignada

Manifestantes en las calles de París (Foto: Pressenza Francia)

Mariano Quiroga / El paso de la Marcha Indignada por París ha sido una fiesta. La Marcha Mediterránea y la Marcha Meseta hicieron escala el pasado sábado en la capital francesa durante su travesía hacia Bruselas, donde presentarán un compendio de las propuestas de las asambleas que han ido encontrando a su paso. El domingo se realizó una asamblea general en Plaza de la Bastilla.

El punto de encuentro fue pautado en la Cité Universitaire, que vivió, de este modo, un sábado a pleno funcionamiento.

Por pequeños grupos se elaboraban las pancartas y se planeaban las acciones de protesta y festivas durante el recorrido de la marcha, mientras otros se ocupaban de definir las precauciones en caso de violencia policial o las estrategias de cara a los medios.

Muchos se pintaban las caras y las manos, con soles, corazones, símbolos de la paz, para que nadie dudara del espíritu pacífico y no-violento del movimiento, pero también símbolos euros tachados para expresar el carácter anticapitalista de este fenómeno social. Sin lugar a dudas, la llegada de los españoles dio otra velocidad a los indignados franceses. Los ibéricos más aceitados en el funcionamiento asambleario y de comisiones, decidían más rápido y se ponían inmediatamente manos a la obra, sin demasiada deliberación, dando confianza al aporte individual de cada uno en la dirección del conjunto.

A partir de las 13 horas comenzó a servirse la comida, preparada con antelación y completada por un equipo de cocineros voluntarios que provocaron los agradecimientos y felicitaciones de todos.

Los indignados llegados de Santander me prometían vivir una fiesta, sentir el calor humano característico del 15-M y que quiere hacerse internacional. Los venidos de Aranjuez también aportaban su cuota de buen humor y de saber hacer. Así unidos a los bloques que partieron hace cosa de un mes de Madrid y Barcelona crearon un pequeño ejército de expertos en manifestaciones no-violentas.

Algunos curiosos en la Cité Universitaire, pero lo harían durante todo el recorrido, se acercaban para saber de qué se trataba y cuáles eran las reivindicaciones de esta gente. Entre esos curiosos estaban Pedro, Francisco y Horacio, nietos que recuperaron su identidad gracias a la labor de las Abuelas de Plaza de Mayo y a las que habían acompañado a recibir el premio de Fomento de la Paz de la UNESCO y que estaban hospedados en la Maison de l’Argentine de la Ciudad Universitaria. Disfrutaban del ambiente festivo y se entusiasmaban con la perspectiva de que la juventud europea se politizase, recuperase las calles y quisiera cambiar el mundo. Francisco hacía malabares entre los indignados que almorzaban.

El recorrido

Con una pequeña escolta policial dio comienzo la marcha propiamente dicha. Más de cinco horas de trayecto, no sin sobresaltos y momentos de explosiones de alegría, como por ejemplo cuando al ver un comando de antidisturbios correr de una central bancaria a la siguiente para protegerlas de posibles ataques de los manifestantes, éstos comenzaron a correr también, dejándolos atrás extenuados. Y parafraseando el canto, ya mítico, de “estas son nuestras armas” con las manos abiertas en alto, un grupo de “corredores” se tiraron al suelo y levantando las piernas y moviéndolas en el aire, comenzaron la misma canción, señalándose los pies. El paroxismo llegó cuando los policías les dieron alcance y pasaron corriendo esquivando los cuerpos diseminados en el suelo de los indignados.

Momentos de tensión se vivieron cuando arrestaron a un manifestante por escribir con tiza en la fachada del Banco de Francia, aunque tras el reagrupamiento de todos los marchadores y los cánticos pidiendo su rápida liberación, fue devuelto al cortejo sano y salvo.

A menos de un kilómetro de la Bastilla comenzó a llover copiosamente. Las pinturas del rostro se desfiguraron, las banderas se volvieron pesadas y las horas precedentes de marcha hicieron mella en los manifestantes que dieron señales de fatiga y perdieron un poco de fuelle en sus cánticos. La llegada a Bastilla, sin embargo, revivió el jolgorio y la entrada fue triunfal, empapados, pero felices. Al grito de “Liberté, liberté, liberté!” se reclamaba contra el desproporcionado despliegue policial. Decenas de camionetas y cientos de efectivos armados hasta los dientes cercaban medio millar de personas que habían recorrido París con la alegría de saberse vivos, de sentirse plenos y de estar haciendo algo para que el mundo deje de ser una cárcel. Durante el recorrido se acusó a los bancos de culpables y se pegaron carteles irónicos reemplazando el nombre de las instituciones por “Comedor Social”, “Sanidad Pública”, “Escuela Gratuita”, etc… Al tiempo que se simbolizaba un cierre del acceso a los cajeros automáticos y al interior de los edificios.

El cerco policial se fue cerrando creando un momento de confusión entre los manifestantes que para resistir al empuje violento de los antidisturbios se sentaron y se unieron brazo con brazo. Sin ejercer ningún tipo de violencia, los marchadores fueron separados de forma brutal.

La policía, sin embargo, no estaba efectuando detenciones, si no que estaba llevando a los indignados sobre la acera, en realidad se estaban viviendo escenas brutales para desplazar cinco metros a los manifestantes. Luego de algunas deliberaciones en el seno de los marchadores se entabló una negociación con la policía, que dio sus frutos. Los antidisturbios se retirarían un metro para no asfixiar a los indignados que permanecían sentados resistiendo y estos dejarían de ocupar la calle, permitiendo la circulación vehicular.

Una pequeña victoria del diálogo y del consenso. De todos modos, algunos manifestantes estaban heridos y nadie podía ni entrar ni salir del cerco policial que continuaba cerrándose por los costados. El ambiente se fue calmando y al filo de la medianoche llegaron las provisiones y comiendo un poco fue más sencillo recuperar el aliento, calentar el espíritu y pensar en la jornada siguiente, donde quedaban muchos temas por concretar/ Pressenza

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