La estrategia del desgaste

Mariano Quiroga/ Pressenza / La policía francesa está llevando adelante un plan sistemático de hostigamiento, intimidación y desmoralización de los Indignados franceses. Con la llegada de las Marchas desde España ha quedado más que evidenciado su grado de desmesura y prepotencia. Aunque no debemos olvidar que su accionar está funcionando desde el primer momento que el movimiento se gestó.

En los días previos de la llegada de las Marchas que tienen por destino Bruselas, durante las reuniones preparatorias, una de las indignadas españolas sufrió un acoso policial severo en el metro Bastille. Cuando cuatro policías, dos de ellos de cívil, le pidieron identificarse y procedieron a palparla de manera vejatoria, mientras la insultaban y la atemorizaban con amenazas. Una acción de abuso de poder y de fuerte intimidación. Los indignados, desde ese momento, se protegen para no quedarse solos a altas horas de la noche.

Todos los días de reuniones y asambleas, por pequeñas que sean las convocatorias, siempre hay una fuerte presencia policial. Aunque nunca comparable a lo que fue la recepción de la marcha del sábado 17 de septiembre.

Por lo menos 200 antidisturbios, escoltados por 40 camionetas y buses, estaban esperando la llegada de los manifestantes. Que ya habían dado muestras durante las 5 horas que recorrieron la geografía parisina de su espíritu festivo y no-violento. A los pocos minutos de haber llegado y mientras la alegría de los indignados se manifestaba en bailes y abrazos colectivos, el cerco policial se fue cerrando y con la excusa de abrir el tránsito alrededor de la plaza comenzaron a empujar a los empapados marchadores.

Ante el desconcierto del golpe de sorpresa y las consignas en diferentes lenguas un poco incoherentes, los manifestantes se sentaron para resistir la carga de forma pacífica y no-violenta; Agarrándose los unos a los otros e intentando evitar la provocación de los antidisturbios. A los pocos segundos la orden circuló entre los uniformados y comenzaron a retirar a la gente que estaba en el suelo de manera brutal. Arrastrándolos por el empedrado y pegando a la gente para que se soltara.

“Yo fui una de las personas que sacudieron, me cogieron y me tiraron de todos los costados sin haber hecho nada: ¡sólo estar sentada y cantar con las manos en alto! Me rompieron el bolso y cuando me arrancaron de los demás, cerré los ojos, ya no podía hacer nada más sino llorar por el dolor de ver la barbaridad que estaban cometiendo” nos contaba una española que vive en París.

“Entre cuatro policías fui transportada hacia afuera y me arrastraron por el suelo, tengo rasguños en los brazos y piernas. Luego creo que me desvanecí un momento porque querían que les respondiera, me decían que me despertara. Pero no podía abrir los ojos y cuando los abrí estaba nuevamente en la plaza con los compañeros hablándome y sosteniéndome” continuaba su relato.

Para luego añadir: “Sólo les pude decir a los policías “¿qué mal os he hecho para que me maltraten de este modo? ¿Que cómo podían ser tan animales de romper mis cosas si sólo estaba sentada pacíficamente en un espacio público autorizado judicialmente?”. Creo que algunos agacharon la cabeza”.

La gendarmería depositaba a los manifestantes sobre la acera, a unos 20 metros de donde habían sido “levantados”, en muchos casos arrastrados, sacudidos y golpeados con las porras. A estas alturas nadie podía entrar en el cerco policial, incluidos los que hubieran salido para ir al baño o a buscar algo para comer e incluyendo a los transeúntes que nada tenían que ver con la marcha.

El grupo de marchadores denominado Meseta se fueron a dormir a Champigny donde el alcalde de la localidad había puesto a disposición de éstos un gimnasio cubierto para que pudieran dormir en caso de lluvia. Al llegar a la estación los indignados fueron interceptados por una treintena de policías que amedrentándolos les impidió el acceso al estadio. Fue necesaria la intervención, en plena madrugada, del alcalde para que los policías accedieran a permitir el ingreso de los españoles en el gimnasio. A esas alturas de la noche seguían viviéndose momentos de tensión.

El domingo Bastilla amaneció otra vez tomada por la policía, aunque esta vez los efectivos eran menos numerosos y el efecto del sol resultaba conciliatorio. Sin embargo los indignados que habían dormido en Champigny quedaron retenidos en la Gare de Lyon. Tras enviar algunos SMS, una cincuentena de manifestantes desde Bastilla fue a su búsqueda. La treintena de policías que los retenía decidieron inmediatamente autorizarles la partida, así que un centenar de indignados se encontraron cantando y festejando en el interior de la Estación. Su vuelta hasta la Bastilla fue seguida por la mitad de los policías que estaban en el interior de la Gare de Lyon.

El movimiento parisino de los indignados está agotado de esta presión, física y mentalmente. Un desgaste burocrático permanente que exige una disponibilidad enorme y que comienza a embarrarse con procesos judiciales.

Se mantiene la moral elevada y la lucha tiene sentido, pero la estrategia elaborada por el Ayuntamiento parisino y por el Ministerio del Interior va minando el trabajo incansable de estos militantes de la no-violencia.

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