Violencia cotidiana

Olga Pardo / Vivimos un ambiente de crispación en la convivencia que va en aumento. Los políticos lanzan mensajes excluyentes que calan entre mucha gente que saca sus peores actitudes y conductas más viscerales. El siguiente artículo relata una experiencia personal donde la actitud xenófoba se empieza a manifestar sin recato, sin importar si contra quien va es un niño… Pero la cuestión no trata solamente de la violencia externa, sino de cómo nos toma, cómo se contagia. Y, sin embargo, si reconocemos la violencia en nuestro interior, podemos buscar otras alternativas.

Volvía a casa en metro. Era una tarde de domingo y mucha gente se desplazaba por Madrid, salían o volvían de disfrutar un inusual día de primavera en pleno febrero.

El vagón iba bastante lleno de gente de todas las edades, jóvenes, mayores, niños…

Observé a un pequeñajo de unos 3 años haciendo de las suyas, subiéndose por las barras de sujeción, trasteando por allí, aunque sin molestar a nadie. Se movía intrépidamente, sin temor a caerse, aunque la sensación era que, a un mal frenazo, podía salir disparado. Sus padres, sentados un poco más allá le dejaban hacer.

De repente, escucho a mi izquierda la voz de un hombre exclamar: “¡mira dónde se ha subido el chino!”. Le miro de reojo preguntándome si su intención es despectiva, porque me ha sonado raro que no haya dicho “el niño”, sino “el chino”. Como si su condición de extranjero o hijo de supuestos inmigrantes (hoy en día es difícil de saber porque muchas parejas españolas adoptan niños chinos) le llamara más la atención que su condición de niño travieso.

El hombre vuelve a comentar lo que va haciendo el “chino”, enfatizando la palabra de tal manera que empieza a sonar como un insulto.

Miro al hombre directamente. Es un español grande, alto, de unos 45-50 años. Le acompaña una mujer de la misma edad, aunque de aspecto más elegante que él. Clase media acomodada. La mujer se da cuenta de que les estoy mirando. Hago un gesto de reprobación, me gustaría que les quede claro que me molesta su actitud.

El hombre no me mira, sin embargo, sus comentarios incrementan su tono y se van haciendo cada vez más desagradables, quizá porque nota que tiene público y que sus comentarios escuecen o, sencillamente, porque es así de cretino.

“Y no se cae el chino… así se caiga y se rompa la crisma”. “Ójala se caiga y se mate, el hijo puta del chino”, “chino de mierda…”.

Atónita, le escucho desbarrar in crescendo, mientras miro al resto del vagón para ver alguna reacción. La gente finge no oírle, porque no hacerlo es imposible.

Noto que me voy calentando y que si le digo algo la vamos a liar. Yo no suelo ser de las que se meten en broncas callejeras y tiendo a ignorar a energúmenos de este tipo. Pero no encuentro una forma de callarle y siento que mi indignación sube y sube. Creo que mi cabeza va a empezar a echar humo como una cafetera.

Me vuelvo directamente hacia él, cruzando los brazos y mirándole fijamente, ya no con reprobación, sino con un rechazo total y absoluto, con una hostilidad que espero sea totalmente evidente.

Sin embargo, en ningún momento el hombre (el energúmeno) me mira a los ojos, mira hacia el fondo, como si hablara para el resto del vagón.

Llegamos a la estación y el hombre y su familia se disponen a salir, yo estoy detrás escuchando su interminable retahíla de barbaridades, sintiendo tal nivel de violencia que me hubiera gustado decirle lo que pensaba de él, incluso, un buen empujón…

Me voy a mi casa rabiosa.

Todo esto me lleva a una reflexión. O varias.

Primero, que hay que armarse de santa paciencia porque esto no ha hecho más que empezar. La situación social se está crispando, una vez más, con gran colaboración por parte de los políticos que entienden que estando en campaña electoral todo vale, y atizar los peores instintos de la población, su resentimiento y frustración dándoles una dirección o mejor un culpable (el inmigrante), es su forma de entender el “buen hacer político”. “No vamos a resolver vuestros problemas pero vamos a decir lo que queréis oír: los inmigrantes os están robando el trabajo, la vivienda, el futuro… el capital especulador y la mala gestión no tienen nada que ver…”. Y siempre hay unos cuantos interesados en creer esos argumentos.

Ese tipo de situaciones de violencia en lo cotidiano, en la convivencia del día a día irán a más, porque no se quiere resolver la crisis, sólo que alguien la pague.

La segunda reflexión es sobre mí. Dejar que la violencia me tome tampoco resuelve mucho. O me explotará la cabeza o acabaré a tortas con el próximo racista declarado con el que me tope. Tampoco pienso quedarme indiferente ante la arbitrariedad (y que un adulto insulte a un niño creo que es de lo más bajo a lo que se puede caer), pero habrá que buscar otras respuestas. Y darlas desde la calma y la coherencia o todos nos volveremos locos.

Nuevamente, encuentro que la respuesta está en la no-violencia. En encontrar la convicción interna de que quiero trabajar por un mundo más justo y frenar el camino de los violentos, pero sin seguir sus pasos, con la determinación irrenunciable de avanzar y de no quedar en silencio, pero sin caer en sus tácticas ni en sus compulsiones. Y de que la emoción debe ir acompañada por la cabeza, porque la vía de la irracionalidad es su territorio, no el mío.

“Los hombres se encuentran ante una encrucijada: tienen que elegir entre la ley de la jungla y la ley de la humanidad”, decía Gandhi. Un pensamiento que todavía está hoy vigente. También decía “la bondad debe unirse a la sabiduría, la mera bondad no basta”. No, no bastan las buenas intenciones, si no van acompañadas de una acción pensada.

Y Silo: “…Los que no somos escuchados trabajaremos a partir de hoy en todas partes del mundo para presionar a los que deciden, para difundir los ideales de paz en base a la metodología de la no- violencia, para preparar el camino de los nuevos tiempos. 

La resistencia no-violenta evita no sólo la violencia física externa, sino también la violencia interna del espíritu. En la lucha por la dignidad humana, los oprimidos del mundo no deben permitirse resentirse ni involucrarse en campañas de odio. Vengarse con odio y resentimiento sólo conseguirá intensificar el odio en el mundo…”.


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