La ciencia como obra de arte

Santiago Elegido / Hoy en día, se ha instalado la creencia de que el arte, al menos, es creación. Se tiene la vaga sospecha de que un producido científico podría ser considerado como “una obra de arte”, pero no se termina de creer del todo.  No se deja de reconocer cierta creatividad al pensamiento abstracto, a la síntesis conceptual o al discurso analítico. Pero se produce cierta división, al pensar que cuanto más “certero” es dicho pensamiento, más coincide con “la realidad” y menos “creación” es, menos “subjetivo”.

Ya no se cree, como en el siglo XIX, que la ciencia nos diga “la realidad”. Lejos estamos de creer que “sabiendo la trayectoria de todos los átomos del cuerpo humano, podemos saber su comportamiento”. Ni nos parece, en fin, que del mundo de la ciencia nos venga a venir develado “cómo son las cosas”. Venimos a pensar: de la interioridad del alma humana, la ciencia… poquito… e inversamente: un puente, un ordenador o un coche… primero ingeniería; luego “que sea bonito”.

Y curiosamente, en el Renacimiento, se veían a sí mismos más como artistas que como científicos. Pero como eran tiempos de inquisiciones y de espadas… tampoco se creían especialmente que su incipiente ciencia fuese gran cosa… Cuando emerge Newton, es también un esotérico que cree ya vérselas con “la realidad misma”. Desde ahí, que casi le llamaran “artista” no parece que le hiciese mucha gracia.

La Edad Media… oscura: se sirve del arte clásico. Pero no es hasta la reintroducción de Aristóteles el que se valore otra cosa que no sea la pintura y la construcción de iglesias.

Los romanos, mucha técnica, mucha y buena praxis, pero poco fundamento.

Es en los griegos donde pareciera que se trata el pensamiento con mucha seriedad. Las ideas son algo “que está ahí”, que hay que des-cubrir. Vienen “de otro lado”. Son algo más allá de esta realidad. Son, vaya, la verdadera realidad.

Y esa creencia… esa creencia es la que ha hecho el gran divorcio entre arte y pensamiento. Puesto que el arte “no es real” y la ciencia aspira “a ser real”.

Todavía hoy, en medio de la crisis donde la física persigue una “materia oscura”, la psicología no sabe si es conductista, o psicoanalítica, todavía hoy, los matemáticos, en medio de la crisis, a su lugar de estudio le llaman “facultad de ciencias exactas”. Impresionante. ¿Cabe mayor aspiración a representar “la realidad misma”?

Y luego, su irresponsabilidad. Igual te fabrican una bomba que te borra una ciudad con millones de habitantes… pero ellos solamente “la pensaron”.

La gente sospecha que hay algo muy sucio en todo eso. Pero… “así son las cosas”.

Se dirá entonces que es “de artistas” enfrentarse con el sistema. Y “de científicos” inventar las bombas que nos masacren. Los de “las pinturas y los libros” a la pobreza. Los otros, los recursos. De ellos depende nuestra comida, la medicina para nuestras enfermedades… en fin. ¡Un desastre!

¿Y si las cosas no fuesen así? Porque va a resultar que la ciencia es construcción… y ya desde sus orígenes arrastra una creencia… que, muy extremadamente, se funda en considerar que ella se limita a describir “lo que es”. Y no a interpretarlo… como cuando alguien dice “lo sagrado”, sin caer en cuenta de que es necesario interpretar con bondad “lo sagrado”.

¡Veamos el mecanismo!

Cuando veo una cosa, cualquier cosa… una silla… la veo y la reconozco. Y también estaba predispuesto a verla… en realidad veo poca silla… veo una mancha roja, al lado de otra mancha más difusa… de otro color… y además miro poquito… porque lo que me interesa es la comida que tengo delante… tres tiempos ahí… un pasado, que me ayuda a reconocerlo; un futuro… que hace que no me quede cuatro horas mirando como bobo la sillita… y una percepción.

Pero la sensación que impregna mi ojo… cuatro trazos de color.

Y esto es “lo que hay”. ¡Cuatro trazos de color rodeados de manchas que  co-presentemente están a su alrededor! Como cuando a veces miramos una foto y no reconocemos las figuras hasta pasado un rato… y entonces decimos: ¡pero si estaba claro! ¡Cómo no me había dado cuenta!

Esa mancha, que por arte de birli-birloque he convertido en silla… la veo un instante. Luego ya no existe. Es pasado. Ya no es. Y ahí pasa a memoria… que el tiempo sigue haciendo presente otras cosas… otras sensaciones que convierte en percepciones… la conciencia infiere más de lo que percibe.

A memoria pasan “las manchas” y la estructuración que se hace de las manchas… la silla. Con una particularidad… que a medida que pasa el tiempo, la mancha y la silla, se van perdiendo… se van haciendo como fantasmagóricas. Se van olvidando. Es necesario “repintarla”, evocarla… y volver a “reconstruirla”. Tener buena memoria es recordar una cosa… muchas veces. Construir y reconstruir.

Fíjense, porque cuando en un juicio, una persona ante el jurado describe con todo lujo de detalles lo que ocurrió… en realidad, ese “lujo de detalles” es reconstruido. E inventado. Si describiese bien la impresión original… poca cosa podría decir. Casi todo diluido, fantasmagórico. Y es así, porque sino habría dificultades… iríamos más atentos a “lo que ocurrió” que a lo que nos ocurre de efectivo o nos va a ocurrir. Difícil sería diferenciar una cosa “que ya aconteció”, menos mal que diluida en el pasado, de otra de efectivo acontecer.

Para entendernos: más que  sensaciones, casi podríamos hablar de “protosensaciones” que luego configuramos en maravillosas percepciones. Y más que recuerdos, tenemos reminiscencias o proto-reminiscencias. De ahí construimos fantásticos recuerdos. El resto, como dirían nuestros amigos italianos… “parole, parole…”. Puritito rollo. Peritita imagen, representación, creación.

Ahora bien… que la imagen “recreada” pueda coincidir con la imagen percibida… tiene que tener con que alguna estructura hay en común entre esa reminiscencia y esa imagen… esa sensación y esa percepción.

Y es lo que hace el científico, el pensador. De cuatro datos, más dos recuerdos confusos… Afina mucho en que su maravillosa construcción… afina mucho en que las “cosas en común” estén ahí. Puedo recordar con pelos y señales una cosa, porque la reconstrucción, tiene lo esencial de eso que es reconstruido. Algo tienen en común. Un mínimo que, por ser esencial, es lo que permite la reconstrucción. Cuatro patas, un respaldo, color rojo… ¡¡¡Una silla!!! Y ahí, coloreo… la redibujo entera. Pero cuatro patas, un respaldo… y nada más es lo que hace a la silla. Y “retengo” la imagen. Y la “recreo”.

Y ese fue el error primerizo de nuestros amigos griegos… que, cuando recreaban cosas… creían que eran “tal cual las habían visto”. Y no sospechaban que se las estaban “reinventando”. Y de tanto ejercitar el músculo de la imaginación, de tanto confundirlo con “la realidad misma”, se les hicieron evidentes las esencias… en la intimidad, se les aparecían las primeras imágenes, las primeras grabaciones… y al ver sus fantásticas recreaciones… aparecieron las esencias… Apareció el “pensamiento racional”.

¡Una obra de arte!, ¿no les parece?

¡Y de ese lío, tenemos ahora el problema!

El artista, cuanta menos ciencia utiliza, más artista se cree. El científico, cuanta más ciencia crea, menos artista se considera. Y andan disociados, a la greña. Y no se da cuenta el artista de que hoy, para hacer arte, necesita un montón de tecnología. Y el científico pierde sensibilidad social… no se da cuenta este último, que como todo artista, su creación es para dar respuesta a las necesidades del ser humano concreto y actual… hoy amenazado por un sistema sin escrúpulos capaz de apelar a las bombas nucleares y a los golpes más bajos para codificar, para violentar a su prójimo.

Digámoslo entonces y con la boca grande: Leonardo pudo pintar a la Gioconda porque tenía ciencia… mucha ciencia para su época. Y como todo gran científico… era un artista.

Y Cervantes pudo escribir el Quijote, porque conocía la cultura árabe en profundidad; y, casi como hizo Einstein con su teoría de la relatividad, pudo pasear su mirada “desde otra cultura” y “desde otro tiempo”; a la pequeña cultura encerrada en sí misma que vivía enquistada en un tiempo casi anterior en 200 años para su época, que era en ese momento el pueblo castellano.

Y a Silo, algunos le consideramos “el mayor de los poetas”, porque es el guía espiritual de los nuevos tiempos, que tienen su evangelio social y su lenguaje tecnológico.

Después de todo, tal vez el destino de occidente sea poner su ciencia, su pensamiento racional, encuadrado al servicio de algo que va más allá de él, al servicio del resto del mundo. Haciendo eso, limitaría el “racionalismo”, previniendo excesos que han conducido a los absolutismos e idealismos más aberrantes. Y tal vez ese sea su gran aporte al Arte Universalista.

Anuncios