No habrá progreso si no es de todos y para todos

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Arturo Viloria (1) / Los momentos históricos tienen sus paradigmas y sus creencias básicas, que pesan decisivamente en las decisiones de personas y grupos humanos. En la etapa que hemos vivido en las últimas décadas bien podríamos resumirla en “El dinero lo es todo”.

Esta sencilla pero redonda frase que este inspirado vecino de Carabanchel ha colgado en su balcón podría ser el referente para el mundo al que queremos dirigirnos todos los que aspiramos a un mundo mejor y nos interesa saber como será y como acercar ese mundo nuevo.

Los momentos históricos tienen sus paradigmas y sus creencias básicas, que pesan decisivamente en las decisiones de personas y grupos humanos. En la etapa que hemos vivido en las últimas décadas bien podríamos resumirla en “El dinero lo es todo”. De ahí se derivan el poder de los bancos, la explotación de los trabajadores, la concepción de la salud o la educación como negocios, el uso de la violencia para conseguir la riqueza, etc.

Tanto esta sentencia como la primera fueron enunciadas por Silo en el “Documento del Movimiento Humanista”, en 1996 (2).

No hace falta describir que significado y que consecuencias tiene el creer que “El dinero lo es todo”, puesto que ya lo estamos viviendo, pero podemos intentar describir que significa que “No habrá progreso si no es de todos y para todos”.

Podríamos concretarlo en reconocer a cada persona, por el mero hecho de haber nacido, el derecho a la educación y a la salud, a la protección de la seguridad social, y a tener aseguradas sus necesidades vitales básicas. Independientemente de su raza, sexo, edad, nacionalidad, etc. Hoy existen los medios tecnológicos y económicos para que esto se haga realidad, y si no se hace es simplemente porque no es ésa la dirección que marcan los poderosos.

Por tanto esto significa una revolución y un cambio radical de dirección en el sistema, que no solo es posible, es también necesario. La dirección actual lleva a un caos destructivo causado por las propias contradicciones del sistema. Es evidente que los medios de comunicación y los poderes fácticos intentan manipular la imagen del futuro y prometen mejoras a cambio de los sacrificios actuales, pero en el momento actual las mayorías han dejado de creer en sus promesas y la ola de protestas y demandas de cambios reales se han desatado simultáneamente en diversos puntos. La respuesta del poder ha sido reprimir y criminalizar con violencia a los que reclamaban. Pero con su reacción contribuyen a crear más caos y confusión y a acelerar el proceso que lleva a su propio colapso.

Es como si estuviéramos en un tren que marcha cuesta abajo y sin frenos en el que todos somos pasajeros y cuya dirección fue determinada hace tiempo. Las estaciones anunciadas de antemano son “Desempleo masivo”, “Represión”, “Desastres ecológicos” y “Guerras”, hasta que descarrile el tren.

Así se presenta esta disyuntiva: caos destructivo o revolución. O seguimos a expensas del proceso deshumanizante de acumulación del capital y expolio de recursos y poblaciones, o abrimos el sistema a las aspiraciones y necesidades de la mayoría de oprimidos sin excepción.

Las protestas, revueltas o intentos de transformar la sociedad no irán muy lejos si no se apunta al nuevo paradigma, a considerar al ser humano como valor central por encima del Estado, del dinero, de la producción o de cualquier otra consideración.

Y en las circunstancias actuales, la revolución significa priorizar absolutamente una salud y una educación públicas y universales frente a la desigualdad actual, devolver al todo social el poder de decisión que le ha sido negado, hasta construir una democracia real basada en las unidades vecinales, equilibrar la relación entre capital y trabajo mediante la participación de los trabajadores en las decisiones importantes de la empresa y la creación de bancos públicos sin intereses que eliminen la especulación y la usura del capital financiero que se adueña de personas, empresas y países.

Pero la revolución a que aspiramos no será un proceso mecánico sino basado en la capacidad de elegir de la conciencia humana capaz de imaginar que somos capaces de construir otro mundo en el que sí queremos vivir. En esto consiste precisamente nuestra libertad, en elegir entre condiciones, y es desde ahí que podemos empezar a construirlo. En esa íntima elección comienza el cambio.

(1) Arturo Viloria es el nuevo Secretario General del Partido Humanista de España.
(2) Síntesis en base a intercambios sobre la carta 7, Cartas a mis amigos, Silo
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